2000 / Los Zapatos (acción corporal)

Chile / Obras

En el marco de la exposición “Chile 100 años de Artes Visuales. Tercer Período (1973 – 2000) Transferencia y Densidad”, curada por Justo Pastor Mellado y realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile, Carlos Leppe realizó una instalación y una acción corporal, la que tuvo lugar el 19 de octubre del 2000.

Leppe se hizo presente en el frontis del Museo Nacional de Bellas Artes, ubicado en el Parque Forestal, llegando en un viejo taxi Lada, con la radio encendida tocando el vals peruano “Nostalgia” de Manuel Donayre. Al momento de su arrivo, había una gran cantidad de público esperándolo, muchos de ellos haciendo diferentes tipos de registros de la acción. Leppe iba vestido con una camisa blanca de lino raída y sucia, pantalones oscuros y lentes de sol. Llevaba colgando del cuello una pizarra de verdulería con la frase “Yo soy mi padre” escrita con tiza en ella. Además, llevaba colgado del cuello de un manojo de hierbas (ramitas de ruda). Leppe estaba descalzo, sin embargo, sus pies estaban vendados, como ha sido habitual en otras obras del artista. Su cabeza estaba mal rapada, cubierta de costras y heridas, como un tiñoso. Llevaba en la mano derecha una maleta y objetos amarrados a ella con elásticos. Su aspecto se asemejaba al de un indigente.

Leppe, luego de dar un par de pasos fuera del vehículo, se arrodilló y empezó a gritar en forma ululante la frase “la gruta”, para luego iniciar su camino hacia el ingreso del museo, gateando. Repite la frase varias veces con un tono quejumbroso y luego dice “llegué a la gruta”, con la respiración agitada mientras avanzaba a la sala del museo en donde se encontraba su instalación, en el primer piso. Mientras gatea, empuja una maleta amarrada (describir). Este recorrido le tomó varios minutos ya que tuvo que cruzar el hall del museo y la extensión de la primera sala. Leppe llega a la instalación, titulada “La gruta“. Al llegar a esta, se escucha de fondo el audio de la madre del artista que forma parte de “Las Cantatrices”. Una vez ahí, Leppe dejó la maleta a los pies de la acumulación y se recostó en el suelo apoyando con delicadeza su mejilla contra el pelo, usándolo como si fuese una almohada. Luego, se sienta delante de aquel, dándole la espalda.

Leppe se arremangó la camisa e hizo muecas con su boca, después miró a su alrededor como buscando algo con la vista. Luego empezó repetir la palabra “mamá” sollozando, para luego quebrar en llanto. Lloró amargamente por unos minutos mientras se tapaba la boca intentando contener el llanto. En este punto de la acción, el registro se encuentra cortado, y al reanudarse, vemos que sacó una botella con agua que traía amarrada a la maleta, para luego descorcharla con la boca, y echarse el líquido en la cara. Empezó a desempacar los objetos que llevaba tanto amarrados a la maleta como dentro de ella mientras sollozaba, entre los que se cuentan papeles de diario, una trenza de pelo, un cuchillo, la cabeza de un muñeco, figuritas decorativas de cerámica, paquetes de ramas con espinas, hilo, alfileres de gancho (con uno de los cuales empieza a rasguñarse la mano izquierda, mientras vemos que tiene tres grandes rasguños anteriores), un tordo disecado, un par de zapatos envueltos en papel de diario, un espejo en el que se mira, entre otros. Dentro de la maleta se veían dos nidos hechos de ramas.

Mientras desenvuelve una cerámica pintada con motivos precolombinos, menciona en voz alta el nombre de un tal “Ramírez”, diciendo luego “Voy a encontrar a Ramírez”. Del interior de la cerámica pintada con motivos precolombinos saca una gorra de baño llena de excrementos, los cuales depositó en el recipiente para luego echarles agua y yeso. Leppe toma la vasija y se la pone sobre la cabeza como sombrero, sobre la cual hay excrementos. Su llanto se incrementó, llegando a parecer gritos de ópera. Finalmente, se saca la vasija y se corona sobre el excremento, poniendo sobre él un cerámico de forma fálica.

En este momento, hay un corte en el registro. Luego de aquel, vemos a Leppe mordiendo la ruda que llevaba colgada del cuello, para luego escupirlas. Luego pronuncia en voz alta: ”Mis zapatos son dos pequeños ataúdes, diría Nicanor Parra.” Vuelve a repetir, con dolor, la palabra “la gruta”, seguido luego de la repetición de la palabra “caca”. Después de aullar, se puso a gatear para poner su cabeza sobre la montaña de pelos. Finalmente, dos asistentes le sacaron el pizarrón del cuello y lo arrastraron de los brazos para retirarlo de la sala y posteriormente del museo. Lo subieron a rastras y con mucha dificultad al taxi del que se había bajado al comienzo de la acción y quedó acostado sobre los asientos posteriores del vehículo. Al cabo de un minuto, el vehículo arrancó.


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